sábado, 19 de abril de 2008
(FRAGMETOS DE) ENSAYO
1-Empujarla en una hamaca. Una, dos, diez veces. Si a la undécima no cae en mis brazos, entonces la hamaca es poética.
2-Frente a mi asiento, un bebé. Llora, y saluda. Intermitente, sin decidirse. Una anciana, a mi lado, hace muecas arruguienta. La realidad no es piadosa. El bebé le corre la cara. Vomita un chorrito. Vieja con rostro estuperfacto. La realidad está en versos.
3-Sonríe. A veces una amistad está mal deletreada. Sonríe y abraza. Me abraza. A veces la amistad es un contenedor, un dique. Y sus labios ponen en juego lo inconmesurable. Milímetros de carne sin definición.
4- La poesía-le afirmo con firmeza impostada- la poesía no sirve. Sí, sí y sí. Adjunta razones a su triple afirmación. Mueve su dedo índice en la tierra haciendo circulitos. La poesía no sirve de nada, y no lo creo. No por sus argumentos. Su dedito trazando figuras, y su caprichosa voz. Su vocecita: sí sí sí
5-Una hamaca. Sube apresurada, infantil, con saltitos de liebre enana. No la empujo. No se mueve. Tengo su ropa en mis brazos. La realidad a veces es piadosa.
jueves, 17 de abril de 2008
ANHELOS CORTAZARIANOS
p.d: Vean "mademoiselle Juliette". Ahí su belleza llega a la hipérbole.
lunes, 14 de abril de 2008
PRESENTACIÓN DE REVISTA
Revista producida por estudiantes de Letras, con ensayos, críticas, narrativas y poemas de los mismo estudiantes. Un órgano de captación y difusión de las inquietudes y producciones del alumnado: un espacio de escritura y visibilidad que no puede desperdiciarse. Por esto los invito a que se peguen una vuelta, y le pidan a sus padres unos 12 pesos para (bien) gastar. Los invito por eso, y porque- ya en el plano de las mezquindades individualistas- hay un artículo de mi autoría en la revista. Por qué ocultar el orgullo, ¿no? Los espero.miércoles, 9 de abril de 2008
ZOMBIE(reformulación)
“Escribir es una forma éticamente elevada de ejecutar venganzas mezquinas.” Pablo Natale
-0
Mi pieza tiene las paredes desnudas, sin fotografías ni cuadros célebres. Pero hay una inscripción escrita con tiza violeta en el ángulo inferior derecho, bajo la mesada de luz, en caligrafía mínima: el amor es una piedra suspendida en dirección a una calesita, y una meada sobre una columna blanca. La frase tuvo un antecedente, un dibujo sin destreza. Está a su lado. No sé cuál ilustra a cuál. Sé que sólo yo conozco esa huella. Que esposa lo ignora. En la mesada, dentro de uno de sus cajones, hay un mapa de la provincia de Salta. Una ciudad marcada con un punto. Violeta, el punto. Más que rojo-pasión. Violeta-piedra-meada. Orán.
1-
Orán es una ciudad. Listo. Pero Orán es esa foto ya sepia sobre mi almohada, también. Mis dos hermanos y yo sentados en una tapiecita de ladrillos que recorría las cuatro cuadras de la plaza, cercándola. Un sitio inocente, simbólico. Mis hermanos miran la cámara, sonríen. Es el recuerdo que van a dejar a Papá una vez que nos vengamos a Córdoba, repite mamá al lado del fotógrafo. Hermanos atraviesan el lente de la cámara hacia las pupilas de Papá, sonríen. Yo, nene, la cara distraída. Levemente, para que Mamá no rete, ni Papá desconfíe. Orán es esa foto de unos hijos diciendo adiós, pero sobre todo ahora es el fondo apenas sumergido en la oscuridad de lo desenfocado. Un fondo que llama la atención justamente por la tensión en el semblante del niño Javier, el mío. Una a cada costado del arenero central, las calesitas. Dos calesitas cada una con un dueño propio, tan similares físicamente y de carácter, pero tan enemistados y con bronca mutua. Una bronca que obviamente anclaba cierto origen en el bolsillo y la billetera, pero que lo superaba por una confrontación con tintes éticos. Una lucha que se extendió a todos los chicos de la ciudad, al menos los que íbamos a la plaza. Como una tradición, elegir una calesita era ser marcado a fuego, tatuado, individualizado. Cada calesita tenía industrialmente una morfología, sus personajes, su música. Si la de Ernesto resplandecía en brillantes colores empalagosos, con todos los personajes de Disney en su plantel, y la música era temáticamente infantil; la de Hugo era una provocación, una apuesta a madres sin los pruritos de la pedagogía infantil de nuestras abuelas: una pintura opaca, umbría, imperfecta por desmembramientos de parcelas pintadas, yuxtapuesta a personajes de series terroríficas o fantásticas, como Frankenstein, Drácula, Zombies, todo orquestado por algo que ahora sé es un rock anglosajón al estilo de Radiohead, pero un poco más enfiestado. Una confrontación sin tregua la de Ernesto y Hugo; un choque que tenía sus secuelas entre los chicos que al elegir una calesita, elegíamos a su vez con quién íbamos a compartir
2
Una americana es como un boliche pero sin alcohol. El deseo, el histeriqueo y la traición son los mismos. Lo que cambia entre la infancia y la adolescencia no son los valores sino el alcohol. Las americanas del San Antonio de Padua eran todo lo que se quisiera menos un respeto al nombre religioso del colegio. Ahí se aprendían varias cosas, que las minas desde chicas no quieren ser santas ni objetos de devoción, quieren ser besadas; que la mejor mentira es una verdad dicha brutamente; y que la amistad nunca es absoluta sino relativa a una concha. Saberes que son más bien consignas difusas que con el tiempo uno termina por valorar más que las innumerables páginas que fuimos acumulando en el San Antonio. Quizá porque en una lo que se juega es el cuerpo. Orán es el título que le pondría a un libro de aprendizajes si alguna vez lo escribiera, con un subtítulo que dijera “Americanas del San Antonio”. Como con la calesita, elegir la chica que te gusta instituye afiliaciones y peleas. No hizo falta mucho para que me decidiera. El primer día pasaron dos cosas; la primera, cuando la maestra de Literatura estaba dando su clase una alumna bostezó, y cuando la maestra le preguntó Por qué bostezás sin mirarla y todavía con la boca en circunferencia le respondió por preguntas como esa.; la segunda, cuando espiábamos el baño de las nenas con Gonzalo escuché a una confesarle a la amiga nunca nadie me dijo que soy una chica fácil, que vida triste la mía. Irreverencia y despojo moral, y en ambos casos un mismo nombre: Florencia. Una vez impuesta Florencia, Gonzalo-ya mi aliado en calesita y mejor amigo- dibujó la escena, mis rivales y chances. Pocas, demasiado pocas. Mi trabajo, entonces, debía ser de hilado fino. Sutil, a largo plazo. Y fue así hasta esa americana. Todo decidido. Había desterrado a los otros chicos, como en la lucha con los de Ernesto. Una americana es como un boliche, con el deseo, el histeriqueo, la traición. Orán, su acento agudo es esa americana, el patio interno de la escuela, donde estaban los repuestos de las gaseosas. Florencia, luego de haber bailado con ella más de lo que mis piernas podían, se había esfumado. Cuando una mina no está con uno, está con otro. Apoyada sobre una columna blanca, retorciendo su boca aún torpe en otra boca un poco más experta. Quizá la más entrenada, la que me enseñó. Gonzalo sentenciándome que un beso no se desprende ni espera la escenografía y la situación perfecta, un beso se arrebata. Un beso violento, para una chica fácil, que bosteza ante la expectativa estúpida. Las rodillas asumieron una dinámica propia, el miedo; la mano de Gonzalo descendiendo trémula hacia la cola, la misma que me levantó en aquella paliza entre bandas, hicieron que mi voz asumiera también una dinámica propia, lealtad. Hacia mí. Di media vuelta y no dije nada. Mi mirada sobre la tanga de mi esposa tiene toda la fuerza del silencio de años. El libro de aprendizajes titulado Orán se lo dedicaría a Gonzalo y a Florencia. Porque la misma mano puede limpiar la sangre y perderse en el mullido culo de la mina querida. Ningún cura del San Antonio me enseño eso.
+0
Esposa, parada al filo de la cama, remera larga hasta la zona fronteriza de los muslos, me llama. Pregunta por mi viaje. Volví de Orán. Fui, según sabe Esposa, a visitar a un amigo. Allá hice dos cosas. Ni bien bajé de
viernes, 4 de abril de 2008
DE LA POESÍA COMO MANIPULACIÓN
1
Tomémonos como ejemplo
a mí:
finalizo una oración
sólo como manera de
ostentación.
Entonces,
soy un olimpista de mi arrogancia
como elíptico modo de decir
"quereme"
Tengo todos los versos
de un poema extenso
pero ignoro el arte de hablar
frente a tu cara.
2
Si mezclo los naipes
con velocidad inusitada
es posible que gane el juego,
que las cartas tiradas en la mesa
revelen con sus números en los ángulos
su celular su cumpleaños
y la ecuación de su deseo.
3
Tropezás
Fernet sobre mi camisa
"Ay, no, no sale el fernet"
lamentás,
y pienso
frente a las arrugas de
arrepentimiento infantil de su cara
"ay, no, no sale..."
me digo que tampoco
tampoco tu timbre de voz sale,
que es inlavable.
4
Hay modalidades de demostración.
Una,
encadenar silogismos y citas híbridas
para finalizar con una conclusión de neón:
"La poesía es un mero discurso social más..."
La segunda,
sus labios, rostro, estómago
perdiéndose en la boca
de un tipo anónimo
y arítmico,
durante mi recitado de obra:
la poesía- concluyo entonces-
la poesía no sirve para nada.
SALIDA
te ibas con otro
o te quedabas conmigo.
El azar quiso
que vos
y tu pelo recogido
fueran del tiempo.
Un bostezo es la acrobacia
de nuestra seducción.
Vos,
o tu pelo retenido
y entonces una ladera sin recorrer
una vereda que no me señalaste.
Algo como tu nombre,
pero en mayúscula.
martes, 1 de abril de 2008
CALESITAS
Una ejemplo sin ejemplificación. Una alegoría sin intérprete.
1
Madre, Orán, la plaza de la ciudad
y yo.
Una plaza con dos calesitas,
una plaza paradójica,
superpoblada.
Entrar en su tierra era
siempre
elegir,
la elección siempre.
¿Cómo elige un niño?
Por colores
2
Una plaza escindida en dos
territorios,
con una soberanía mezclada,
confusa.
-la falta de claridad es una mirada actual
en ese entonces la lógica era clara para nosotros-
Calesitas que circulan y
no se mueven,
pero movilizan a los chicos.
Elegir.
¿Qué hace un chico con la elección?
Busca risas.
3
Un sonido chirriante de metal
oxidado
se viene a acoplar sin rivalidad
con una música almidonada de
Disney, de fábula
monorítmica.
A la vez que nos mareamos
en el eterno retorno de
la misma calesita
-lo mismo una y otra vez, pero distinto-
nos mareamos al cubo
en el sube y baja de
nuestros vehículos artificiales.
¿Qué hace un niño en esa dinámica?
Se fuga
4
Madre y yo nos vamos.
A la espalda del niño
quedan dos ámbitos irreconciliables
dos calesitas:
en el medio
un banco con la pintura blanca
arruinada,
un ciruja y su hijo duermen ahí.
¿Qué hace un chico en la frontera?
Se le fugan risas y colores.
0
Madre, plaza, calesitas, Orán
todo almacenado,
archivado,
pieza de museo.
Ahora mi cabeza rueda
con la fuerza unida de dos calesitas
alrededor de esa banqueta indecorosa.
